Un fin de semana más, un celular menos

Otra vez perdí el puto celular. Ya no sé cuántos teléfonos le he donado a la humanidad, pero no me cabe ninguna duda que son más de 15. Este último era un Sony Xperia ZR que saca(ba) fotos bajo el agua. Nunca lo probé, pero al menos me sentía confiado de contestarlo bajo la ducha, si acaso llegaba a sonar a esa hora.

Esta es la historia: el sábado iba caminando solo por Irarrázaval con Diagonal Oriente como a las 4am, buscando un taxi para volverme a la casa, y me dieron ganas de hacer una llamada estúpida. Había pasado por unos 3 bares y fiestas a esa altura y tenía ganas de cambiar de ambiente. Me metí la mano al bolsillo para buscarlo y no lo encontré. Busqué en todos los bolsillos y nada, simplemente no estaba, lo había perdido. Por la mierda, otra vez, no puede ser que haya perdido otro puto celular más, qué cresta me pasa que sigo haciendo esta huevada…. Ahora bien, por un lado puedo sentirme conforme: no hice la llamada estúpida. Muy bien. Pero por otro, por la reconchadesumadre, no puedo seguir perdiendo teléfonos. Estoy demasiado viejo para seguir haciendo huevadas así. Tengo 34 años y sigo carreteando como si tuviera 18.

Lo que para la mayor parte de la gente sería una vida envidiable, la base ideal para construir una familia, para mí es una excusa perfecta para seguir hueveando hasta al infinito: gano relativamente bien, tengo una familia que me quiere, buenos amigos, vivo en un buen departamento en un buen barrio, pero sin embargo paso los fines de semana metido en bares de mierda, tomándome siempre 3 piscolas de más.

No eres Bon Scott, huevón, tampoco Charles Bukowski. Eso me digo al día después.

Por supuesto el día siguiente fue una jornada de autoflagelación. Días como este normalmente salgo a almorzar afuera, ojalá con otro ser humano con el que pueda compartir historias de este estilo sin que me mire con cara de que estoy loco. Alguien que tenga una vida similar a la mía o que, al menos, haya pasado antes por cosas así. Somos pocos. A veces voy a comprar: me compro una camisa, una chaqueta nueva, algo que me ordene por fuera. Este domingo fui a una sucursal de Entel a comprar un prepago barato que haga y reciba llamadas, mientras decido qué smartphone voy a comprarme apenas tenga la plata. Ojalá uno con velcro que se pegue a mi bolsillo, no sé si alguna empresa habrá ideado eso ya. Probablemente no, porque un porcentaje importante de sus ingresos proviene de tarados como yo que pierden un teléfono tras otro.

Entro a la tienda y está repleta de gente, van en el número 66. Saco mi número: 147. PICO. Mejor volver mañana.

El lunes en la tarde voy a entrenar como animal.

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Carta abierta a la desconocida del Gauchito

Te admiro, lo digo de verdad, sin ironías. En vez de actuar con la insoportable pasividad de un óvulo que se pasea por una trompa de falopio esperando al espermatozoide ganador, simplemente te sentaste en mi mesa sin esperar invitación, primero tú sola (25), después con tu hermana chica (19). Claro, estabas un poco ebria y envalentonada, pero no creo que eso te quite méritos. Por una vez trataste de ser tú quien me haga reír a mí. Hay hombres a los que no les gusta que las mujeres sean así, les produce rechazo. A mí me encanta y lo bueno es que pasa cada vez más seguido. Cinco mil puntos para ti.

Te sentaste en mi mesa, me dijiste hola y me preguntaste si acaso yo era gay. En otra época no habría entendido nada. ¿Gay yo? ¿Me veo gay? Ya no. Ahora sé lo que significa, sé que es un gesto de coquetería desafiante y propongo al lector la siguiente traducción al castellano:

He pasado por al lado de tu mesa 3 veces y tú, en vez de mirar las señales tan pero tan evidentes que te estoy mandando, prefieres conversar con tu amigo y comer tu hamburguesa, idiota. ¡Mírame, soy linda! ¿Hello?

Sí, te vi pasar una y otra vez por al lado de la mesa, pero lo único que pensé es que habías tomado mucha cerveza. La verdad, desconocida, es que efectivamente yo estaba más interesado en mi hamburguesa que en ti. Eres bonita, sí, pero es que yo me estaba muriendo de hambre y las necesidades se ordenan jerárquicamente. Además que los dos sabemos cómo va a terminar esto y, francamente, no es lo que ando buscando. No hoy, por lo menos.

Las cosas habrían ocurrido así como te voy a contar a continuación:

Lo primero es que habría intentado que fueran ustedes dos las que se vinieran a sentar a nuestra mesa y no al revés, como propusiste tú después de que conversamos 20 minutos. Esto para que la misión de deshacerse de los dos tipos con que andaban ustedes quedara en tus manos. Además, me dio la impresión de que estabas dispuesta a encargarte tú misma de eliminarlos del panorama: es mi hermano y un amigo de mi hermano, nada más. Bien. Pa la casa.

Luego de un rato de estar en la mesa vendría una maniobra delicada: sugerir que sigamos carreteando en mi departamento. Que tomar en los bares es muy caro y que yo tengo una botella en la casa. Solo tenemos que pasar a comprar hielo. Ok, vamos.

Una vez en mi casa, nos vamos a sentar y vamos a preparar tragos para todos. Me vas a comentar que tengo muchos libros de arquitectura, qué bacán. O me vas a preguntar si sé tocar bien guitarra, porque la tengo ahí a la vista. O me vas a preguntar por la maqueta que está en el living. No sé, se va a dar alguna situación por el estilo donde voy a poder mostrarte que tengo algún talento aparte de ser un ebrio. Y los tengo. Soy medio pastel, pero soy un pastel interesante.

Una hora después, como a eso de las 11pm, vas a preguntar ¿hay más hielo? Yo voy a responder que sí, que está en la cocina. Vas a ir a la cocina a buscar más hielo y exactamente a los 15 segundos te voy a seguir. Te voy a encontrar tratando de picar 4 hielos pegados. Te voy a mirar directo a los ojos, sonriendo y me voy a acercar sin decir nada. Te van a brillar los ojos, sabes lo que va a pasar. Te va a venir una mezcla de sensaciones: un poco nerviosa y un poco caliente. La tensión finalmente se va a resolver en favor de la calentura, porque te voy a tomar de la cintura, te voy a dar un beso y voy a hacer mi mejor intento por lograr que ESE sea el mejor beso de tu vida. Probablemente no lo consiga, pero va a ser como mínimo memorable.  Esto es crucial. No se puede subestimar su importancia. No es exagerar si digo que acá se juega el 80% del éxito de la maniobra, porque mi intención es dejarte con ganas de MUCHO MÁS. Solamente un beso memorable logra eso.*

Después de eso vas a volver al living del departamento riéndote sola. Yo voy a volver un poco después con mi mejor cara de póker. Me voy a sentar al lado tuyo, pero sin hacer contacto físico. No aún.

No mucho rato después la gente se va a querer ir a su casa. Es martes y ya es tarde. En ese momento te voy a sugerir que te quedes conmigo un rato más. Es que yo nunca hago esto, yo no soy así, me vas a decir. Lo que por supuesto es mentira, pero algo que acepto como parte normal de tu repertorio, del guión que cada uno tiene que recitar. Te voy a responder que ok, cosa tuya, no me gustaría ponerte en una situación incómoda. No voy a ponerme insistente. Quizá cuando me despida podría darte otro beso memorable que te haga cambiar de idea.

Si logro que te quedes, nos vamos a ir a mi pieza y vamos a tener sexo durante varias horas. No me creo el hombre más vigoroso de la galaxia, es solo que intento no ser un egoísta.

Es posible que al día siguiente, temprano, te venga un poco de pudor o de culpa, que espero que no sea nada grave, porque lo más probable es que si te viniste a mi departamento a la primera es porque ya has hecho esto antes. Lo que está muy bien, de verdad. Yo no juzgo. Todos deberíamos dar más besos y tirar más.

Te vas a ir de mi casa, nos vamos a despedir cariñosamente y después yo no te voy a volver a llamar. Y si te llegara a llamar, cosa que no voy a hacer, pero igual supongamos que lo hiciera, tú no me vas a contestar ni mucho menos devolver el llamado, así que para qué perder el tiempo.

¿Ves, desconocida? Incluso cuando las señales son tan evidentes, lograr el objetivo es pega. Y además, al día siguiente, ¿qué queda? Nada. Nuevamente la misma leve sensación de desencanto con la vida y de haber convertido en una rutina replicable una de las pocas experiencias que hacen que estar vivo sea tolerable. Luego, de vuelta a trabajar. Tengo que ir a ver la oficina que acabo de arrendar y después tengo una reunión a las 4pm, con unos innovadores en Isidora con San Sebastián.

Así que por esta vez, paso.

*: un camino alternativo habría sido quedarse en el Gauchito y acompañarte a la calle a fumar. Parece que fumabas. Entonces en una de esas salidas a la calle, la segunda para mayor seguridad, proceder con la rutina del mejor beso de toda tu vida. El resto se mantiene igual.

Lunes

Hoy como a las 8pm caminaba por Providencia con Manuel Montt buscando un lugar donde comer pizza y tomar pisco sour. Iba de bluyines y camisa. Siempre me visto igual, me da lata innovar. Entonces, de improviso, se me acerca una mina con polera de Colo Colo y me dice que quiere sacarse una foto conmigo. Ebria, por supuesto. Las ebrias me aman.

Yo iba pensando en pizza, no en mujeres, así que fue sorpresivo y halagador. Mucho mejor que los dos travestis que hace un mes me dijeron “rico” con voz libidinosa e inmunda, chupando saliva, en Obispo Donoso. Mueran, par de porcinos.

I still got it, baby.

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Canción de domingo en la mañana

Desperté en la mañana con una caña horrorosa y se me había perdido el pene otra vez. Me pasa todo el tiempo: es desmontable. La mayor parte del tiempo esto es súper útil. Lo puedo dejar en la casa si es que creo que podría meterme en problemas o puedo arrendarlo cuando no lo necesito.

Pero de vez en cuando me pasa que voy a una fiesta, me emborracho y la mañana siguiente juro que no puedo acordarme qué cresta hice con él.

Primero lo busqué en mi departamento y no lo pude encontrar. Después llamé al lugar donde había sido la fiesta, pero tampoco lo habían visto. Les pedí que por favor revisaran en el botiquín porque a veces, por alguna razón, lo dejo ahí. No esta vez. Les dije que si aparececía, por favor me avisaran.

Llamé a algunas personas que también había ido a la fiesta, pero no me pudieron ayudar. Estaba empezando a desesperarme. No me gusta estar sin mi pene por mucho tiempo, me hace sentir menos hombre y realmente me carga tener que hacer pipí sentado.

Después de algunas horas de buscar por la casa y de llamar a todo el mundo que se me ocurría me empecé a deprimir mucho, así que fui al Kiev a tomar desayuno. Entonces, mientras caminaba por la Segunda Avenida camino a St Mark’s Place, donde está esa gente que vende libros usados y otras baratijas en la calle, vi mi pene encima de un trapo, al lado de una tostadora mala. Un tipo lo estaba vendiendo.

Se lo tuve que comprar. Él quería 22 dólares, pero regateando lo bajé a 17. Me lo llevé a la casa, lo lavé y me lo puse. Me sentí feliz otra vez. Completo.

La gente a veces me dice que debería pegármelo para siempre, pero no sé. Aunque a veces sea un hueveo, me gusta tener un pene desmontable.

Vacas argentinas

Hoy pasé seis horas de mi vida en una reunión con un dueño del mundo. Fue en su oficina, en el piso 25 de una torre de Santiago con vista a Argentina. Por la ventana, allá a lo lejos, veía unas vacas flojas de la pampa, esas que no tienen que caminar más de un metro al día para comer pasto. Debe ser por eso que el vacío argentino tiene esa tremenda capa de grasa, que es el único secreto de su sabor incomparable. También se veían esos pedazos de la autopista entre Mendoza y Buenos Aires en que la carretera tiene 3 carriles por lado construidos con un cemento reluciente. No tengo idea de cemento, pero ese se ve de mucho mejor calidad que el resto de una carretera que está tapizada de hoyos, charcos y policías corruptos. Hace ya varios años, mientras iba en auto en un viaje eterno a Mar del Plata, mi papá me dijo que la habían hecho así para que los aviones pudieran aterrizar a recargar combustible y municiones en caso de guerra con Chile.

Seis horas de reunión no parece mucho tiempo, pero cuando se tiene estacionado el auto en un lugar donde cobran luca por cada media hora uno empieza rápidamente  a ponerse ansioso. El tic tac suena más fuerte. El tiempo se empieza a volver algo demasiado evidente, casi visible, casi tangible. El tiempo podría venir por la espalda y ahorcarte.

Entonces uno reacciona: este es mi tiempo también, dice uno. Uno hace intentos educados por apurar la reunión e intentar que, por favor, vayamos de una puta vez al grano. Sí Jorge, tienes toda la razón y por favor ten la tranquilidad de que vamos a dejar esa visión perfectamente plasmada en el informe. Mira, te propongo lo siguiente, mejor avancemos en este capítulo que es donde más vacíos tenemos, conversemos sobre qué cifras vamos a poner acá. Pero los dueños del mundo no pestañean y te ven venir de lejos. No son tontos estos dueños del mundo y no van a dejar que el esclavo marque el ritmo de una reunión, por más elocuente que el esclavo sea. Tienen, además, meridiano propio y su reloj hace tic tac a otro ritmo.

Conversamos sobre las famosas cifras una y otra vez. Invitamos a dos gerentes de la empresa a la oficina para aclarar distintos aspectos de lo que el informe tenía que decir en las áreas de competencia de cada uno de ellos. Por supuesto que ambos se permitieron sus propias pequeñas licencias y de ese modo contribuyeron, a su modo, a las seis infinitas horas que pasé envidiando la vida de unas vacas argentinas que se reían de mí.

Cuando todo acabó me despedí cordialmente, bajé del edificio en un ascensor con olor a Lysoform, pagué el estacionamiento y me fui directamente a un bar. Es un bar que queda relativamente cerca de mi casa y tiene una barra amigable con los parroquianos que van a beber solos. Su única y gran desventaja es que cobra carísimo. Cuando un bar es caro a este nivel la única opción racional es escudriñar con cuidado la carta y luego pedir el trago más estúpidamente cabezón que ofrezcan: hola, te quiero pedir un ultimate long island ice tea, por favor.¿Hola? Sí, tráeme otro igual, por favor. ¿Amigo? otro. 

No vine con la intención de salir del bar movilizándome en cuatro patas. Tengo que trabajar. Lo único que quiero es tomarme uno o dos tragos para hacer más tolerable el tedio de tener que pasar las siguientes 24 horas de mi vida escribiendo 50 páginas llenas de números y gráficos. Todo eso asumiendo como propio el tono y la voz de una empresa que conocí hace 5 días.

Es martes y el fin de semana está cada segundo más cerca. Tal vez el viernes pueda tirar.

Salsa

La conocí el fin de semana pasado. Me junté con la Carla en mi casa, nos tomamos un par de piscolas (champaña en su caso) y después fuimos al Bar Constitución. Allá llegó Fernando con dos amigas.

La Carla se volvió a su casa temprano.

Carreteamos como pendejos adolescentes. Salimos del Constitución y caminamos por Bellavista buscando un after que nunca apareció. A eso de las 4am nos fuimos al departamento de Fernando, que se metió inmediatamente a su pieza con una de las amigas. Yo me quedé en el living con la otra. Conversamos hasta las 7am. Fue una de esas conversaciones mágicas de genuina conexión humana. Nos dimos un beso y nos acostamos en la otra pieza, abrazados para pasar el frío.

Al día siguiente tenía una caña monstruosa. Fernando vive lejos, así que nos pasó a dejar en auto. Dormí el día entero.

Ella se consiguió mi teléfono y me mandó un mensaje de texto para que yo tuviera el suyo. Para que puedas llamarme. Supe a través de Fernando que ella quería invitarme a un matrimonio, pero yo tenía otro el mismo día y no podía acompañarla.

Entonces le escribí el sábado. Le dije que fuéramos a una fiesta en el W. ¡Ya!, respondió entusiasta. Mi hermana va a ir también, así que me voy con ella. Juntémonos allá.

Nos encontramos en la fiesta. Pagué una entrada carísima, ella seguramente entró gratis. Minas. Nos encontramos, nos saludamos, tomamos un par de piscolas y nos pusimos a bailar. Ella vivió dos años en Colombia trabajando para Telefónica y allá aprendió a bailar salsa. Yo estuve en clases en una academia cerca del Parque Bustamante. No tocaban salsa en la fiesta, pero bailamos salseramente. Todo bien.

Ella baila mucho mejor que yo, así que a veces guiaba ella, me mostraba pasos, me ayudaba con las vueltas. De repente me dice: mira así baila la gente en Colombia, todos bailan así y no les pasa nada.

Demasiado tarde. Si uno baila así con alguien es para que pasen cosas, no para jugar a evitar que pasen. ¿Por qué me está diciendo esto?

Salimos de la fiesta. Nos sentamos a conversar en la Plaza Perú. Después caminamos de la mano en dirección a mi casa. En Lota con Tobalaba quise darle un beso y me dijo que no. No quiero darte un beso. Simplemente no, un no categórico y definitivo. Yo me quedé medio perplejo, pero bueno, qué se le va a hacer. No es no. Caminamos un poco más, pasó un taxi, se subió y se fue. Yo caminé hasta mi departamento. Nunca más supe de ella.

¿Quién entiende?