You don’t love me, you just love my doggystyle

Yo no te gusto.

Me has dicho tantas cosas espantosas que es absurdo que ahora me digas que yo te gusto. Es absurdo decir que lo que teníamos era amor y que tú diste más que yo. Hagamos un resumen. Me dijiste: eres tan raro que no tienes amigos (mentira, es sólo que tú nunca los viste, porque jamás te los presenté). Eres un alcohólico (mentira, exagero mis defectos con las minas que no me interesan, como tú, para que salgan corriendo). Eres un perdedor (mentira, no gano tanto como tú, pero tengo un currículum bastante respetable).

La verdad es que yo no te gusto en absoluto. A ti lo que te gusta es tirar conmigo. Lo que te trae de vuelta una y otra vez, a pesar de mis desaires constantes, es la memoria de cómo te chupo la concha.

No obstante, como eres mujer, no puedes admitirlo abiertamente. No puedes admitir honestamente que te gusta tirar por deporte. Tu problema es tan grave que ni siquiera te lo puedes admitir a ti misma. No señor, yo no soy de esas. Qué te has imaginado, yo sólo me acuesto con hombres que me regalan un anillo.

Te tienes que inventar alguna excusa, alguna justificación, algo que te haga sentir que no eres fácil, que no eres una suelta cualquiera. Algo que que haga callar esas voces internas que te gritan insultos. La voz de tu abuela, tu mamá, tu hermana, el cura (célibe) y tu amiga cartucha, todas unidas en un coro diciéndote que una mina caliente que entrega la concha sin compromiso es una suelta. Esa excusa normalmente es el “amor”.

Es lamentable y sabes bien que yo no pienso así. ¿Por qué me tienes que contar el cuento a mí entonces? ¿No me merezco algo mejor después de todo el sexo oral que te dí y que nunca te vas a poder sacar de la cabeza, pastelita?

Anuncios

La falsa suicida

Después de años sin hablar con ella, un día me mandó una selfie desde la cama de una clínica, con mangueras, tubos y parches. Estaba pálida y ojerosa, vestida con una de esas batas. No se le veían las tetas. Le pregunté qué le había pasado, pensando que se había caído de la bicicleta o había tenido algún accidente trivial, pero no. Sobredosis de antidepresivos, me dijo.

Por la concha de su madre.

No le pregunté por qué, ni me interesó saber tampoco. No quiero sonar tan frío, pero debe haber sido alguna burrada sin importancia por la que nadie se mataría, salvo ella. De hecho, ni siquiera ella se quiso matar. Ahí la veo todavía, cambiando su foto de whatsapp cada 20 minutos. Sigue viva. Cuando alguien se quiere matar de verdad, entonces toma una pistola, se dispara y se mata. Para qué estos ensayos. Ella en vez de dispararse, se tragó un frasco de pastillas. Pendeja ridícula: sabes que alguien te va a encontrar y te va a salvar. Quizá tú misma mandaste el mensaje para que te fueran a rescatar.

¿Por qué siempre tiene que ser así? ¿Por qué no podía aparecer alegre, feliz y caliente, con ganas de follar? ¿Qué tengo que ver yo con sus depresiones de mentira? ¿Con sus ganas de llamar la atención como diva pobre y sin cámara, aquejada de una maldición inexistente?

Por qué no puede ser un correo en vez de una foto. Un texto más largo, donde me reconociera la verdad de lo que pasó cuando nos conocimos. Algo así como: “mira, [príncipeazul], yo soy una borracha consumada. Cada vez que salí contigo me tomé el bar entero. Sé que te hice un par de escándalos en la calle y que me puse a mear en los arbolitos, mientras te mostraba la mitad de la concha. Lo hice a propósito, no lo hice de ebria. Sé bien que mostrarte media zorra tan impúdicamente en los callejones oscuros de Bellavista no era prudente, pero es que soy una calientasopa profesional y me gustaba saber que el priapismo no te dejaba caminar. Te invité a subir a mi casa y nos agarramos a besos en el ascensor, pero después caí inconsciente sobre la cama. En realidad me hice la dormida para probarte, pero tú no podías saberlo. Qué bueno que no te hayas aprovechado de mi borrachera. Eres un caballero. Dame tu dirección para ir a chuparte el pico.”

Nada de eso. Eres un caballero y ahora te voy a premiar con las fotos de mi falsa muerte.

¿Entienden por qué nos caen tan mal?