Diarios de viaje, vol. I: la concha lejana siempre es más atractiva

En la mañana, frente a un auditorio lleno, dio una conferencia de una hora y media sobre regulación y desarrollo. Cuando terminó le hicieron tres preguntas, una de ellas para increparlo. Una dirigenta gremial se sintió ofendida por un comentario de la lámina 29. Él respondió sin perder la calma. Se desenvolvió bien. Terminó el evento y se fue a almorzar con la organizadora. Pura política.

En la tarde cuando lo dejaron en paz se sacó la corbata, se puso traje de baño y partió a la playa. Había reservado un hotel estratégicamente ubicado a unos 100 metros del mar. El día anterior, mientras terminaba de corregir su presentación en el hotel, había vuelto a instalar Tinder después de varios años de no usarlo. Ahora tenía siete “parejas nuevas”.

¡SIETE! ¡En 24 horas!

Pensó: otro argumento más para irme de Santiago. Acá ganaría menos, pero podría garchar como estrella de rock. Podría bañarme en la playa a la hora de almuerzo. No quiero ilusionarme demasiado, pero tal vez podría tener una vida realmente feliz. Una vida en la que no tenga que tomarme 3 vasos de whisky para poder dormir. Una vida con una mina que me interese de verdad o, al menos, poniéndola más que un bonobo.

Se sentó en la playa a mirar el horizonte. Un poco más allá había un cadáver de lobo marino. Las olas lo arrastraban de un lado a otro. Mientras miraba al pobre animal, empezó a mandar mensajes graciosos, absurdos, a sus “nuevas parejas”. Alguna de las siete se tendrá que reír, es una cosa de probabilidades. Si una responde sería un éxito.

Para su sorpresa, todas le respondieron.

No sólo le respondieron, sino que además fueron AMABLES al responder. Eran mujeres genuinamente interesadas en conocer a otros seres humanos. No eran un montón de zorras calculadoras haciendo preguntas interesadas para probar y tasar a quién tienen al otro lado de la línea. Nadie le preguntó cuánto medía. Nadie le preguntó cuánto ganaba o a qué se dedicaba. Nadie le preguntó de qué colegio había salido. Él tenía respuestas más o menos aceptables para todas esas cosas, pero estaba harto de responderles huevadas a esos reptilianos con vagina a los que llamamos “mujeres” en Santiago.

Todo parecía distinto en este lugar.

Una de ellas se veía prometedora. Tetona de vestido azul corto apretado, con rasgos exóticos característicos de esta ciudad lejana. Sin mayor demora, fue ella misma la que le pidió el número de teléfono para seguir hablando por whatsapp. Todo seguía siendo novedoso e insólito. Comenzó un juego de intercambio de selfies, con ella mostrando el escote, ese escote que apenas contenía un par de tetas grandes y redondas. Mírenlo: un viejo de 37 mandando selfies como pendejo de 20. Nadie se lo habría imaginado durante la conferencia, aunque quizás sí. Tal vez ahora estamos todos haciendo las mismas idioteces digitales.

Usté tiene un parecido a Piqué, le dijo ella. El acento se lo imaginó él.

JAJAJAJAJA.

Se rió a carcajadas porque es la huevada más ridícula que le han dicho. No se parecía en nada a Piqué, pero qué importa: le siguió el juego. Tal vez a usté le gustaría ser Shakira. La cosa iba bien. Podía salir una cacha express, era cosa de arrendar un auto y manejar unos 45 minutos hasta su ciudad. De pronto, silencio total. Qué cresta pasó acá.

Estoy mal, se murió la abuela de mi hija, dijo.

Se jodió todo.

***

mi humor me impide ponerla más seguido

De entre las siete “parejas nuevas”, Claudia era la que más le tincaba. Parecía tener intereses, no era una zombie preocupada de la dieta y el maquillaje. Mientras intercambiaba selfies con la tetona de azul, habían hablado un buen rato de música. Le gustaba el rock de los ochenta.

Yo aprendí a tocar guitarra porque quería ser como Slash, le dijo él.

Ella se fue a clases, pero le dijo que quería que siguieran hablando después. El problema es que no había mucho después. Iba a estar solamente 3 días en esa ciudad, al día siguiente tenía que volar.

Nada que hacer.

***

Se subió al avión. La azafata pidió poner los teléfonos en modo avión. Abrió Tinder y miró el chat con Claudia, la única que realmente le hubiese gustado que le respondiera. Nada. Ella también había dejado de hablar. Si te gustan, desaparecen. Solamente te hablan las que no te interesan.

Borró su cuenta de Tinder, ignorando a las siete “parejas”, desinstaló la aplicación y apagó el celular. En 3 horas volvería a Santiago.

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