Reflexiones contemporáneas, vol. VII: mission accomplished

Lo primero que pensé fue: Trump de mierda. Lleva años, incluso antes de su campaña, hablando contra las invasiones de Estados Unidos y ahora mira. Lo eligieron justamente para evitar el intervencionismo, las guerras, enfocarse en su propio país, y mira qué hace el muy pelota. Mira a quién vino a poner de asesor de seguridad nacional, además.

Hoy creo que entiendo mejor. Los misiles no hicieron gran daño, salvo un par de laboratorios. La cura para el cáncer no va a venir de Siria, una lástima. Igual, el palacio presidencial sigue en pie. El curso de la guerra civil no cambió. Los sirios hoy celebraban.

Puede haber sido un gesto para verse firme. Para que en CNN ahora digan que se ve más “presidencial” y dejen de una vez por todas de repetir esa pelotudez de que es una marioneta de Putin. La famosa “trama rusa” es la madre de todas las noticias falsas y a los periodistas les encanta la guerra y la reportean con euforia. Se excitan con las bombas.

También pensé: qué habría pasado si tuviéramos a Hillary Clinton de presidenta de EEUU. No cabe duda. Siria estaría en ruinas, igual que Libia, Al-Assad colgando de una horca, los jihadistas cortacabezas cortarían más cabezas y habría otro desastre más en el Medio Oriente, eso es lo que habría pasado. Más refugiados en Europa, llegando a países donde no cabe nadie más y el desempleo es altísmo por culpa del Euro.

En ese escenario alternativo, me la imaginé dando un discurso de victoria como este:

Acabamos de bombardear Siria, un país chico que no representa una amenaza para nadie, salvo para Israel. Lo hicimos para mostrarle al mundo que no vamos a tolerar el uso -dudoso- de armas químicas, como las que Saddam Hussein nunca tuvo pero lo matamos igual, y que tampoco vamos a apoyar tiranías, salvo en Arabia Saudita.

Tampoco vamos a aceptar el extremismo de ningún tipo, excepto el de Al-Nusra, los Hermanos Musulmanes, Al-Qaeda, ISIS, Jaysh Al-Islam…

En fin, queremos también contarles con orgullo que la tripulación del acorazado desde donde se dispararon los misiles Tomahawk estaba integrada en un 80% por mujeres afroamericanas, gays, animalistas, enanos, furries, latinos fresh from the boat, cojos y trans. El tipo que apretó el botón fue un hombre blanco y de apellido anglosajón, pero es trolo.

God bless America!

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A mi yo del pasado cercano

O a quien corresponda:

No te metas con una mina más vieja.

Yo nunca lo había hecho, porque pensaba que comerse a una mina vieja era un sacrilegio. Hasta que finalmente apareció una que se puso muy coqueta, me calentó la sopa y pensé: por qué no. Si pudiera hablarme a mí mismo en ese momento, me diría: dile que no, hay mil razones, ahora eres muy tonto para darte cuenta, pero en el futuro ya verás. Sin embargo eso es imposible y es hasta ridículo escribirlo.

Después de un par de meses de ignorar sus propuestas indecentes -bastante explícitas, por lo demás-, un día me pilló caliente y le dije que nos fuéramos a un bar ondero a tomar un trago. El trago se convirtió en tres cada uno y eso nos llevó a su casa. Una vez en su casa la naturaleza hizo lo suyo y terminamos culeando como un par de monitos en celo. Culeando literalmente, porque se lo enchufé por el chico mil veces. Sin forro, desde luego. No me acuerdo de la última vez que usé un condón.

Este episodio desembocó en una amistad con ventaja curiosamente agradable, al menos al principio. Hubo un par de días en que pensé que había encontrado el Santo Grial: una mina caliente, deshinibida, empancipada de cartuchismos varios, que lo chupa rico, que no se quiere casar porque ya viene de vuelta -separada, tres hijos-, que tiene vida propia, no necesita llamarme cada 3 minutos, no necesita gestos cariñosos, tampoco se pone ansiosa porque no le contesto un puto mensaje de whatsapp. Ideal, ¿cierto?

No. El paraíso no existe.

No existe, porque cuando se pasa de la etapa de revolcarse a la etapa donde uno efectivamente habla, lo que aparece son las tormentas y demonios de su vida, que antes eran convenientemente invisibles. Todas sus decepciones, todo sus desengaños, todos sus problemas -que a los 49 años parece que son miles- finalmente salen a la luz: que mi ex marido era un tal por cual, pero en realidad no, si igual era bueno, que mis 3 hijos, que mi psiquiatra, que las cosas que me recomienda, que las pastillas para dormir, que las pastillas para despertar, que el trabajo, que me duele la oreja, que mis achaques de vieja, que las enfermedades de mis amigas viejas, que tal sujeto se murió de puro viejo, blablablá.

Al final la mina no conversa con uno, sino que hace terapia. Se desahoga. Esto sin importar si ya tiene un psiquiatra a cargo de esa misión, porque el bulto de mierda que es necesario descargar semanalmente es voluminoso. Y yo ya no soy un jovencito que no tenga problemas a cuestas. Tengo 37 años, pero parece que la vida me ha tocado fácil o quizás soy muy zen, porque diría que en general me quejo poco. Cuando me quiero quejar, escribo en este pobre blog.

No soy ningún jovencito. Las minas de 20 años de la universidad que está al lado de mi oficina, a las que se los quiero poner con desesperación, me tratarían de usted si tuviera el atrevimiento de hablarles. Eso en el mejor de los casos, porque quizá llamarían a los pacos: “Aló, Carabineros, hay un viejo degenerado rondando la universidad. Manden tropas”.

La cosa es que siempre hay un problema y uno siempre lo tiene que escuchar. Es imposible tener una relación de puro sexo, porque a la edad que sea la vida femenina es un lío y quieren que uno participe del mismo. ¿Seré yo?

Insertar el deshuesado por el ojete

Métemelo por el culo, me dijo.

Sin mayor reflexión, le enchufé el fierro pelado completo en la raja. El riesgo de contagiarse algo se multiplica considerablemente con el sexo anal, sobre todo cuando es sin condón, pero en el momento quién chucha se pone a pensar en eso. Se lo puse no más. Confío en que estaré bien.

Nunca he sido un gran fanático del sexo anal, pero a la mayoría de las mujeres les encanta, aunque lo nieguen en público. Son ellas las que lo piden. Cada vez que lo he hecho ha sido a petición de la mina en cuestión, no mía. Igual, como están socialmente obligadas a ser cartuchas, le echan la culpa a uno. Me encantaría que dijeran: me encanta el pico por el culo, pero no, es mucho pedir. Tienen que fingir que el puerquito es uno.

Obviamente no duré mucho en esa posición, así que después de un rato de treque treque eyaculé cantidades copiosas de semen en su ano. Era mucho más estrecho que la concha, pero sorprendentemente fácil de penetrar. No hubo que lubricar nada, no fue necesario ir de a poco. Se lo puse y listo.

Más información: es mi jefa. Así es, leyó bien. El chimpancé degenerado y sexista horroroso que escribe este blog se lo enchufó por el chico a su jefa. Ahora me manda poemas -muy malos- por mail, que yo por supuesto no respondo. POEMAS POR LA MIERDA. Qué le contesto. ¿Sí, mira, yo también escribo, lee mi blog?

Ironías de la vida. Se lo quería entubar a la secretaria, pero me resultó con la jefa. En 3 meses más me van a despedir.

Conchadesumadre, se lo quiero poner a la secretaria

Una secretaria nueva. No tiene más de 23 años. Llegó hace meses a la oficina y la encontré guapa, pero no tanto, así que la había puesto mentalmente en la lista de la gente invisible. Tiene marido. Hola y chao, nada más. No soy muy sociable y en el trabajo soy peor. El problema surgió ahora, porque está haciendo más calor y ella empezó a usar vestidos cortos. No hay prenda en el mundo que me caliente más que un vestido corto.

Hace no mucho yo estaba en la cocina, esperando delante de la máquina un café gigante para poder trabajar, porque ando mongólico de tanto antihistamínico y corticoide que estoy tomando. Todo gracias a la primavera y a los cientos de plátanos orientales de Providencia, cuyo polen respiro durante los 25 minutos de caminata a mi trabajo.

Así estaba yo, moribundo y con la nariz roja, cuando de repente entra ella inaugurando la temporada de calor con un vestido apretado. Yo la miro con ojos de idiota caliente, a punto de estornudar.

Hoy yo estaba en el pasillo, cerca de su escritorio, conversando sobre un informe con datos que a nadie le importan, que tengo que redactar y enviar cada semana a los integrantes del Olimpo de esta organización. De pronto ella me mira desde su escritorio y se ríe.

Qué pasa, le pregunté.
Nada, es que me gusta tu voz.

Cresta.

Traducción libre al castellano: le pica el cucurucho cuando hablo. ¿Eso es o no? Si hiciera un mínimo esfuerzo por caerle bien, ¿podríamos figurar los dos sin ropa en la oficina, con ella desparramada en el escritorio mientras yo se lo pongo sin forro como un chimpancé? Y si fuera así, ¿qué pensaría la mina de la oficina con la que estoy tirando cuando se entere? Si ya rompí la regla de evitar a las mujeres con que trabajo, ¿la podré romper dos veces, en paralelo?

Tantas preguntas…

Diarios de viaje, vol. I: la concha lejana siempre es más atractiva

En la mañana, frente a un auditorio lleno, dio una conferencia de una hora y media sobre regulación y desarrollo. Cuando terminó le hicieron tres preguntas, una de ellas para increparlo. Una dirigenta gremial se sintió ofendida por un comentario de la lámina 29. Él respondió sin perder la calma. Se desenvolvió bien. Terminó el evento y se fue a almorzar con la organizadora. Pura política.

En la tarde cuando lo dejaron en paz se sacó la corbata, se puso traje de baño y partió a la playa. Había reservado un hotel estratégicamente ubicado a unos 100 metros del mar. El día anterior, mientras terminaba de corregir su presentación en el hotel, había vuelto a instalar Tinder después de varios años de no usarlo. Ahora tenía siete “parejas nuevas”.

¡SIETE! ¡En 24 horas!

Pensó: otro argumento más para irme de Santiago. Acá ganaría menos, pero podría garchar como estrella de rock. Podría bañarme en la playa a la hora de almuerzo. No quiero ilusionarme demasiado, pero tal vez podría tener una vida realmente feliz. Una vida en la que no tenga que tomarme 3 vasos de whisky para poder dormir. Una vida con una mina que me interese de verdad o, al menos, poniéndola más que un bonobo.

Se sentó en la playa a mirar el horizonte. Un poco más allá había un cadáver de lobo marino. Las olas lo arrastraban de un lado a otro. Mientras miraba al pobre animal, empezó a mandar mensajes graciosos, absurdos, a sus “nuevas parejas”. Alguna de las siete se tendrá que reír, es una cosa de probabilidades. Si una responde sería un éxito.

Para su sorpresa, todas le respondieron.

No sólo le respondieron, sino que además fueron AMABLES al responder. Eran mujeres genuinamente interesadas en conocer a otros seres humanos. No eran un montón de zorras calculadoras haciendo preguntas interesadas para probar y tasar a quién tienen al otro lado de la línea. Nadie le preguntó cuánto medía. Nadie le preguntó cuánto ganaba o a qué se dedicaba. Nadie le preguntó de qué colegio había salido. Él tenía respuestas más o menos aceptables para todas esas cosas, pero estaba harto de responderles huevadas a esos reptilianos con vagina a los que llamamos “mujeres” en Santiago.

Todo parecía distinto en este lugar.

Una de ellas se veía prometedora. Tetona de vestido azul corto apretado, con rasgos exóticos característicos de esta ciudad lejana. Sin mayor demora, fue ella misma la que le pidió el número de teléfono para seguir hablando por whatsapp. Todo seguía siendo novedoso e insólito. Comenzó un juego de intercambio de selfies, con ella mostrando el escote, ese escote que apenas contenía un par de tetas grandes y redondas. Mírenlo: un viejo de 37 mandando selfies como pendejo de 20. Nadie se lo habría imaginado durante la conferencia, aunque quizás sí. Tal vez ahora estamos todos haciendo las mismas idioteces digitales.

Usté tiene un parecido a Piqué, le dijo ella. El acento se lo imaginó él.

JAJAJAJAJA.

Se rió a carcajadas porque es la huevada más ridícula que le han dicho. No se parecía en nada a Piqué, pero qué importa: le siguió el juego. Tal vez a usté le gustaría ser Shakira. La cosa iba bien. Podía salir una cacha express, era cosa de arrendar un auto y manejar unos 45 minutos hasta su ciudad. De pronto, silencio total. Qué cresta pasó acá.

Estoy mal, se murió la abuela de mi hija, dijo.

Se jodió todo.

***

mi humor me impide ponerla más seguido

De entre las siete “parejas nuevas”, Claudia era la que más le tincaba. Parecía tener intereses, no era una zombie preocupada de la dieta y el maquillaje. Mientras intercambiaba selfies con la tetona de azul, habían hablado un buen rato de música. Le gustaba el rock de los ochenta.

Yo aprendí a tocar guitarra porque quería ser como Slash, le dijo él.

Ella se fue a clases, pero le dijo que quería que siguieran hablando después. El problema es que no había mucho después. Iba a estar solamente 3 días en esa ciudad, al día siguiente tenía que volar.

Nada que hacer.

***

Se subió al avión. La azafata pidió poner los teléfonos en modo avión. Abrió Tinder y miró el chat con Claudia, la única que realmente le hubiese gustado que le respondiera. Nada. Ella también había dejado de hablar. Si te gustan, desaparecen. Solamente te hablan las que no te interesan.

Borró su cuenta de Tinder, ignorando a las siete “parejas”, desinstaló la aplicación y apagó el celular. En 3 horas volvería a Santiago.

¿Quiénes y cómo buscan al Príncipe Azul?

Este pobre blog tiene entre 10 y 15 visitas semanales. No quiero que tenga más.

Hay días en que inexplicablemente el tráfico se dispara. Otras veces pasa que un visitante se queda un buen rato y lee el blog entero. Estas dos cosas me producen pánico. Siempre me pone nervioso la posibilidad de que me esté leyendo alguna ex o, peor aún, alguna persona de cuya opinión depende mi empleo.

Una fracción pequeña de lectores llega a través de buscadores. A continuación, la lista de algunas de las cosas que estaban buscando en Google -o algún otro- y que los trajeron por acá. Vean:

– Gigolas Rotonda Grecia
– Ver la vagina de Ana Bárbara
– Con cara de loco sembrando el pánico
– Mi príncipe azul me folla
– Cobrar el seguro de cesantía movida
– Súper culiadero
– El príncipe misoginia
– Se la chupa a burro
– Si me masturbo pierdo proteínas y mi pene se encogerá
– Lesbianas histéricas tinder

Puede que me lean poco, pero me lee la gente correcta. Gracias.

You don’t love me, you just love my doggystyle

Yo no te gusto.

Me has dicho tantas cosas espantosas que es absurdo que ahora me digas que yo te gusto. Es absurdo decir que lo que teníamos era amor y que tú diste más que yo. Hagamos un resumen. Me dijiste: eres tan raro que no tienes amigos (mentira, es sólo que tú nunca los viste, porque jamás te los presenté). Eres un alcohólico (mentira, exagero mis defectos con las minas que no me interesan, como tú, para que salgan corriendo). Eres un perdedor (mentira, no gano tanto como tú, pero tengo un currículum bastante respetable).

La verdad es que yo no te gusto en absoluto. A ti lo que te gusta es tirar conmigo. Lo que te trae de vuelta una y otra vez, a pesar de mis desaires constantes, es la memoria de cómo te chupo la concha.

No obstante, como eres mujer, no puedes admitirlo abiertamente. No puedes admitir honestamente que te gusta tirar por deporte. Tu problema es tan grave que ni siquiera te lo puedes admitir a ti misma. No señor, yo no soy de esas. Qué te has imaginado, yo sólo me acuesto con hombres que me regalan un anillo.

Te tienes que inventar alguna excusa, alguna justificación, algo que te haga sentir que no eres fácil, que no eres una suelta cualquiera. Algo que que haga callar esas voces internas que te gritan insultos. La voz de tu abuela, tu mamá, tu hermana, el cura (célibe) y tu amiga cartucha, todas unidas en un coro diciéndote que una mina caliente que entrega la concha sin compromiso es una suelta. Esa excusa normalmente es el “amor”.

Es lamentable y sabes bien que yo no pienso así. ¿Por qué me tienes que contar el cuento a mí entonces? ¿No me merezco algo mejor después de todo el sexo oral que te dí y que nunca te vas a poder sacar de la cabeza, pastelita?