Gusto por la decadencia

ganas de tirar

ganas de tirar

El viernes cancelé mi cita con Blanca. Blanca es una escort muy rica, de 19 años, que además estaba en promo cuando agendé con ella: 25% de descuento. Igual 1 hora antes la llamé, le pedí perdón y le dije que no podía llegar por una urgencia, pero es mentira y ella lo sabe. No creo que yo sea el primer gallina con que se encuentra. Lo que de verdad pasó es que me masturbé un par de veces, recuperé la lucidez y me arrepentí. Se toman mejores decisiones después de un par de pajas.

La llamé porque me tienen aburrido las minas que se hacen las víctimas como último recurso porque uno no quiere comprometerse en serio, como si uno hubiera prometido algo más que tirar. Me tiene aburrido el show de las 47 llamadas perdidas, los mil mensajes de texto acusatorios, las pataletas, el tener que dar explicaciones a quién no tengo por qué darle explicaciones de ningún tipo. La llamé, también, porque es obvio que este blog ha tomado un tonito desagradable y llorón, y me dí cuenta que el problema es pura falta de sexo, pero no de cualquier sexo. No cualquier sexo sirve. Si quisiera tirar, podría tirar. Está claro que podría pagar, pero si no quisiera abrir la billetera a cambio de una hora de follón, bueno, todo el mundo tiene dos o tres amigas con ventaja, pinches, salientes, díganle como quieran, con las que pegarse un revolcón de cuando en cuando. Podría mandarles un whatsapp, podría responder los whatsapps de ellas.

El problema es que nada de eso sirve.

Lo que de verdad sirve es: mina nueva. Gorda, flaca, joven, vejestorio, alta, baja, guapa, inteligente, tonta, da igual. Es nueva y no hay nada que reestablezca la confianza, la actitud, el humor, como convertir en conocida a una desconocida y terminar la noche tirando, ojalá sin forro, como un par de bonobos en coca. Nada. De Peter Parker a Spider Man en una noche.

El sábado partí de cacería al Ático con un amigo mala junta. Me tomé un par de piscolas, me acerqué a tratar de hablar con un par de minas, pero lo hice sin auténtico interés y con un aire de desprecio que se debe haber notado a pesar de la oscuridad. Cara de “mira: sé que vas a terminar haciéndote la víctima y mandándome mil mensajes de texto tratándome de hijo de puta, como si nada de esto hubiera sido tu responsabilidad también, pero igual te lo metería hoy en mi departamento. Tiro decente, al menos le pongo empeño. ¿Te tinca?”. Una oferta súper tentadora. En el fondo soy un romántico.

Al final partimos donde era obvio desde el primer minuto que iba a terminar todo: Gigolas.

El Gigolas está en la Rotonda Grecia. En el Gigolas uno compra una botella de algún trago y espera a que se siente alguna acompañante en la mesa. En ese sentido es bastante original: las minas no se toman un “trago” falso, sino que exactamente la misma piscola que se está tomando uno. Hay algo de intimidad -falsa, sí- que en otros lugares como este está ausente.

Pero no me voy a follar a nadie en el Gigolas. No tanto porque las instalaciones sean insalubres: un colchón de espuma tirado en el piso de un cuartucho al lado de los baños. Eso daría igual. No lo voy a hacer porque no quiero ceder completamente a la misantropía, aunque cada pataleta me deja un poco más cerca. Vengo a lugares como estos solamente a sentirme decadente, a darle un poco de aire al demonio de la perversidad.

No me acuerdo cómo llegué a mí casa. No quiero mirar la página del banco.

 

Anuncios