Cuentos de cesantía, vol. I

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Almuerzo en el 1213. Sandwichería a 8 cuadras de mi casa, con buena variedad de cervezas. El día está frío, hay poca gente y se respira un ambiente de paz. De pronto un grupo de 4 pendejas de unos 20 y tantos se sienta a un par de mesas de distancia de la mía y empiezan a hablar fuerte de trabajo. Cresta, una pandilla de sobreadaptadas. Ni siquiera son guapas. Voy a tener que escucharlas y no voy a poder pasarme rollos con ellas como el viejo sucio y degenerado que soy.

Pidieron papas fritas, micheladas y se largaron a cotorrear: ROI. CPC. A/B testing. B2B. La información está en la nube. Esa estrategia es win-win. Big data. El valor de la innovación disruptiva. Research. Benchmark. Insights. Tenemos que buscar sinergias entre las áreas de la compañía. El modelo de negocios tiene que ser escalable. La sustentabilidad es el desafío del siglo XXI. Gestión por competencias. ¿Viste los KPI de este trimestre? Te serviría tomar un coaching. Ese proveedor no nos está generando valor. Blablablá.

Una rubia flaca y desabrida, la líder del grupo y que no ha parado de declamar y gesticular, exclama: es que la empresa tiene capitales alemanes, eso también influye, segura de haber llegado a la raíz del problema con su talento analítico. Influye en qué, le respondo mentalmente. Me cayó mal. La tolerancia no es una de mis virtudes. Es sábado, estoy cesante y lo que menos quiero es escuchar a alguien hablando de trabajo un PUTO FIN DE SEMANA. Quiero discutirle todo lo que dice. Capital es capital. Plata es plata. La plata quiere una sola cosa: más plata. Multiplicarse a una tasa por encima de la inflación. Tú no eres más que un instrumento funcional a esa búsqueda de más plata. Tu excelentes calificaciones, tus cartas de recomendación, tu experiencia en el voluntariado, tu actitud positiva, tu compromiso con la empresa, tu evaluación sobresaliente, para lo único que sirven es para multiplicar la plata de algún sujeto que probablemente la heredó.

Finalmente me trajeron mi hamburguesa y el pisco sour. Espero que se me quite el mal humor comiendo. La cocina está lenta porque un montón de gente vino a ver el partido de la Católica con la U en el segundo piso. Doy el primer mordisco y efectivamente la hamburguesa es un buen antídoto, porque está deliciosa. Logra que por un rato se me olviden las cotorras trabajólicas de la mesa de al lado. Como un terminator, empiezo a escanear el lugar en búsqueda de alguna mina guapa, pero no hay ninguna. Lo mejorcito es una gorda deportista, de buzo y zapatillas, que fue a posar comiendo una ensalada. Los 4 pedazos de torta tres leches de postre se los come en la casa, donde nadie la ve. Lindos ojos, en todo caso.

Es que estamos en una crisis, vuelve a declarar enfática la rubia. La amiga que está al lado, aparentemente una psicóloga de RRHH, asiente: sí, es una crisis. Tenemos personalidades súper definidas, pero tenemos que poder decirle al cliente que llevamos 10 años en el mercado respondiendo y que somos sólidos. Dijo sólidos, no sólidas. Son puras minas y dijo sólidos. No la han mandado a capacitarse en género. A mí en una empresa me mandaron una vez. Dos días escuchando las cavilaciones de una feminista gorda en el salón de un hotel. Tuvimos que escuchar y analizar canciones de Álvaro Henríquez para enterarnos de lo malvado y machista que es el rock.

La rubia no para de cotillear. Gesticula con pasión. Es la que más habla, seguida por la psicóloga. Las otras dos apenas opinan. Me gustaría pensar que las aburre y que están ahí solo por compromiso. Tiene una expresión particularmente fría, que calza perfecto con su conversación de tecnócrata. La boca ancha, pero con los labios muy delgados. Sus besos deben ser fomes y, para peor, fuma. Una vez me metí en problemas por decirle a una mina que darle un beso a una fumadora es como chupar un cenicero usado. Ella era fumadora y yo no sabía, pero no me arrepiento, porque lo que le dije es cierto. Me pregunto cómo tendrá la vagina. ¿Será seca y estrecha, húmeda y amplia? ¿Qué calzones usa? ¿Se la depila o tendrá un Hitler?

Unos 25 minutos después se produce un giro inesperado: se ríen. Algo les causó gracia. Son humanas después de todo, no un clan de zombis corporativos. Igual, es una risa tan Vivienda y Decoración que no me la creo y, además, están pidiendo la segunda ronda de cervezas. Eso lo explica. Es una risa que no las vuelve atractivas. Todavía no puedo fantasear con bajarles los calzones y tirármelas. En resumen: no hay ninguna mina que mirar y ya estoy por pedir la cuenta. Un páramo.

Alguna vez me cayeron bien las mujeres. Ahora las encuentro tontas o fomes y apenas les presto atención. Poco a poco he ido adquiriendo una actitud cada vez más desfavorable hacia ellas. A menos que les guste leer.  A menos que no me hablen de su trabajo. A menos que toquen un instrumento. A menos que se puedan tomar una broma con humor sin ponerse a llorar. Pero son cada vez menos y no creo que la vaya a encontrar.

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