Tengo anisonogamia

Estoy sentado en una plaza falsa, haciendo hora. Román Díaz con Bilbao, frente a la Líquidos. Dos amigos vienen en camino, porque vamos a medir mi oficina para instalar unos muebles y tomar piscola.

Me entretengo con Tinder. Es una vitrina fácil de usar, ideal para pasar el rato. La única pregunta que hay que responder es: ¿me la agarraría? Sí, no, gorda, no, sí, SÍ CTM, no, gorda, gorda, gorda…. LLevo media hora hueveando y todavía no hago match con ninguna. Cuando esto pasa empiezo a pensar que soy un monstruo inculiable. Un insecto. Lo que en realidad no tiene mucho sentido, porque al mismo tiempo estoy whatsappeando con una niña de 21 años que suena bastante interesada. Si no la cago, si no digo algo idiota, podría haber revolcón dentro de la próxima semana. Hay que aceptar que uno está expuesto a más rechazo, eso es todo. Seguro que hasta a Brad Pitt le pasaba, cuando tuvo que trabajar en la calle disfrazado de pollo. Mientras tanto decenas de miles de mujeres alrededor del mundo se deprimen porque salió una mina flaca en una publicidad.

En fin, basta de digresión: la cosa es que estoy sentado solo en la banca de una plaza, con cara de caliente, mirando las fotos de un montón de minas que son 15 años menores que yo. Me falta solamente tirarle migas a las palomas y andar pasado a vino barato. Dios mío, tengo apenas 34 años, pero ya soy un viejo degenerado.

Tal vez soy adicto y nunca es suficiente vagina. Tal vez soy como el protagonista de Shame, pero lamentablemente sin la pinta ni la verga descomunal de Michael Fassbender.

Si alguien me grabara y editara el video con música de Bach, se vería dramático. Eso fue lo que hizo Steve McQueen en esa película de mierda para convencernos que el relato era triste. Si le hubiera puesto música de Mötley Crüe la historia habría sido la zorra: un hombre común y corriente al que le gusta mucho ver porno en Internet, meter su tula gigantesca en una variedad de vaginas y que puede calentarle la sopa a una mina en el metro solamente mirándola, sin decir palabra alguna. Un tipo al que, además, no le pasa nada con su “adicción”: no pierde la pega, no pierde a su familia (aunque perder a esa hermana habría sido un resultado feliz), no se prostituye por 5 lucas y no se pega ninguna enfermedad. Las minas que se metieron con él tampoco lo pasaron mal, porque el sujeto no era mentiroso, abusivo ni violento. Solamente le gustaba mucho tirar.

Aah, en fin. Mejor guardar el teléfono un rato y pensar en otra cosa. El problema con Tinder es que uno se vuelve compulsivo, que es lo que no me pasaba en OKCupid. En OKCupid era hacer un perfil gracioso, buscar un par de minas sin defectos físicos, mandar un par de mensajes chistosos/desafiantes/inusuales y, más que nada, sentarse a esperar. Acá en cambio el catálogo no se acaba nunca y va cambiando según el lugar de Santiago donde estés. Debo haber pasado por las fotos de más de 45.293 minas desde que lo instalé y siguen saliendo más, más, más..

Lo único que espero es que la niña de 21, que también salió de Tinder, salga conmigo al bar que está a dos cuadras de mi casa la próxima semana.

 

Anuncios