Mujeres con las que nunca voy a poder tirar, vol. I

En el lugar donde entreno hay una argentina (1) cuyo trasero está entre los 5 mejores pedazos de raja que me ha tocado ver. Es una huevada impactante. Si yo no tuviera exceso de conciencia, si no fuera tan escrupuloso y tan bueno, le sacaría fotos en secreto y se las mostraría a mis amigos para que me creyeran.

El primer día que noté su presencia ella estaba dando saltitos, con uno de esos vestidos de tenis de los años 80, como de Steffi Graf. Un vestido blanco, corto, apenas por debajo de la raja. Un vestido con una onda medio Lacoste, pituco pero sexy. Qué lata huevón. Cómo cresta entreno con el pico parado y con shorts. Hay que hacer como si no existiera, pero cómo.

Ya no puedo dejar de mirarle el culo, ahora me da lo mismo lo que se ponga. Quiero mordérselo. Quiero levantarle el vestido, sacarle los calzones a mordiscos, ponérselo entero y derramar cantidades copiosas de semen en su deliciosa vagina rosada. Qué hago. ¿Me acerco y le confieso mis sentimientos de forma honesta?

Anda y dile algo, hazla reír, te dicen las amigas en situaciones como esta, totalmente ignorantes de lo que eso significa.

Me hizo acordarme de una publicista (2) de una empresa en la que trabajé el año 2015. Ella tenía otro culo perfecto y usaba unos pantalones apretados, de una tela que parecía algodón y que se amoldaba perfectamente a su cuerpo. Eso significa que tenía plena conciencia de su trabajado poto. Yo igual. También me acordé de una diseñadora (3), de otra empresa, hace años. Una vez fui a subir el cerro en bicicleta con una amiga, cuando de pronto dejé de pedalear y le dije: “mira, allá va [DISEÑADORA]”. Cuando la alcanzamos efectivamente era ella y la identifiqué solamente mirándole el culo a unos dos kilómetros de distancia.

Ayer sábado fui a reportarme a mi lugar de votación, porque me tocó ser vocal de mesa hoy. Llegué a cumplir con mi deber tranquilamente, pensando sólo en el bien de nuestra República, y por la chucha, aparece una mina joven (4), de unos 24 años. Parece que trabaja en el SERVEL, no sé, quizá es voluntaria de un partido, ni idea. Andaba con una credencial. Flaca, pelo negro largo, vestido tejido, pantys negras, botas. Linda y con cara de nerd. Por la cresta, por qué. Qué pasó con las mesas segregadas por sexo.

Ok, tratemos de ignorarla, tratemos de continuar con la vida de forma normal. Hice el trámite, firmé el papel, cumplí con todo. Hablamos un poco, tres palabras, lo poco que una situación como esta permite. Cuando me fui, le dije chao, nos vemos mañana. Se lo dije muy casualmente, pero con intención: de verdad me gustaría que nos viéramos mañana y pasado también. Creo que ni me escuchó. Dudo que tenga siquiera la más mínima oportunidad. Quizá hoy ni siquiera va a estar.

He tirado con un par de minas muy guapas. Verlas en pelota y con cara de calientes es una huevada alucinante. Tocar unas tetas perfectas, meter la mano debajo de los calzones y sentir la concha empapada de una mina así, es una cosa que te cambia por dentro. No hay vuelta atrás después de eso. Por qué cresta tiene que ser TAN difícil.

Qué tengo que hacer. Qué más puedo hacer. Tengo una educación universitaria extensa, un trabajo relativamente respetable, temas de conversación variados, un humor agudo y afilado, opiniones fundamentadas sobre la actualidad, toco guitarra peor que Eddie Van Halen, pero mejor que tú, cocino muy bien, preparo tragos deliciosos*, no soy feo, no soy gordo, no soy un enano, me mantengo en forma, hago deporte 4 veces a la semana, no tengo las calugas de Alexis, pero tampoco soy un fofo de mierda, tengo un departamento rico y lleno de libros, tengo también una casa bastante cómoda, una casa donde pueden crecer nuestros hijos, los frutos de las miles de noches que quiero pasar metiéndote el pico.

Qué más puedes querer.

 

*: y después de prepararlos me los tomo todos yo.

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