You don’t love me, you just love my doggystyle

Yo no te gusto.

Me has dicho tantas cosas espantosas que es absurdo que ahora me digas que yo te gusto. Es absurdo decir que lo que teníamos era amor y que tú diste más que yo. Hagamos un resumen. Me dijiste: eres tan raro que no tienes amigos (mentira, es sólo que tú nunca los viste, porque jamás te los presenté). Eres un alcohólico (mentira, exagero mis defectos con las minas que no me interesan, como tú, para que salgan corriendo). Eres un perdedor (mentira, no gano tanto como tú, pero tengo un currículum bastante respetable).

La verdad es que yo no te gusto en absoluto. A ti lo que te gusta es tirar conmigo. Lo que te trae de vuelta una y otra vez, a pesar de mis desaires constantes, es la memoria de cómo te chupo la concha.

No obstante, como eres mujer, no puedes admitirlo abiertamente. No puedes admitir honestamente que te gusta tirar por deporte. Tu problema es tan grave que ni siquiera te lo puedes admitir a ti misma. No señor, yo no soy de esas. Qué te has imaginado, yo sólo me acuesto con hombres que me regalan un anillo.

Te tienes que inventar alguna excusa, alguna justificación, algo que te haga sentir que no eres fácil, que no eres una suelta cualquiera. Algo que que haga callar esas voces internas que te gritan insultos. La voz de tu abuela, tu mamá, tu hermana, el cura (célibe) y tu amiga cartucha, todas unidas en un coro diciéndote que una mina caliente que entrega la concha sin compromiso es una suelta. Esa excusa normalmente es el “amor”.

Es lamentable y sabes bien que yo no pienso así. ¿Por qué me tienes que contar el cuento a mí entonces? ¿No me merezco algo mejor después de todo el sexo oral que te dí y que nunca te vas a poder sacar de la cabeza, pastelita?

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